Asturias es más que agua, más que una tierra verde, más que una sucesión de montañas y valles. Asturias encierra en su territorio un conjunto patrimonial arqueológico, etnográfico, histórico, artístico, natural y en definitiva cultural de una riqueza extraordinaria que como herencia recibida debemos protegerlo, agrandarlo y cederlo a las generaciones futuras para su disfrute. Esto no es una mera declaración de intenciones, es una obligación por un lado moral como «usuarios» del territorio y por otro legal (como así disponen las directrices de la UNESCO sobre Patrimonio).
Ya que tenemos esa obligación, intentemos desarrollar esas actividades de forma lógica y que sirva para un desarrollo económico-social sostenible dentro de un territorio no exento de dificultades de toda índole.
Cada vez más se sitúa a la cultura y el patrimonio como un recurso estratégico territorial en el que sociedad, cultura y territorio son los tres grandes protagonistas.
La especifidad rural de gran parte del territorio de Asturias hace que el hecho cultural adquiera una dimensión más amplia pues no sólo entenderemos la cultura como ese conjunto de conocimientos o manifestaciones en que se expresa la vida tradicional de un territorio o el componente de nuestra conciencia con capacidad de crear, participar e innovar si no que el entorno guarda una relación de dependencia como escenario vital de la manifestación cultural. No sólo es cultura saber labrar una piedra sino integrarla coherentemente en el paisaje.
No hay foto colectiva más representativa de una comunidad que la de su paisaje. Es la plasmación en imágenes del nivel de desarrollo de dicha comunidad, una imagen en la que aparecen patentes nuestras fortalezas y nuestras debilidades. Un paisaje que, en muchos casos, si se deteriora, la situación se vuelve irreversible pues resultaría económicamente inviable restaurar su estado original. Un ejemplo puede ser nuestra antigua riqueza forestal de especies autóctonas que hace más de 100 años fue esquilmada por las necesidades del ferrocarril que, por un lado servían de comunicación de pasajeros y por otra, casi más importante en la época unían los núcleos de extracción del carbón con los centros de consumo y distribución. Al cabo de un siglo las traviesas fueron sustituidas por otros materiales y el carbón se dejó de extraer... y el paisaje quedó negativamente modificado con especies que, en muchos casos, degradan todavía más el suelo y nuestro paisaje natural. Nuestros antepasados no hicieron una buena gestión de ese patrimonio natural heredado.
Puede parecer exagerada la importancia que le doy al patrimonio, pero desde hace años se está considerando todo este patrimonio cultural como un factor generador de riqueza, una cultura productiva en cuanto a recurso estratégico.
El patrimonio cultural, entendido como recurso estratégico, debe ser un pilar fundamental en el desarrollo de estrategias de futuro, en cuanto que la componente cultural es imprescindible en cualquier proyecto de desarrollo, si realmente queremos que sea útil a la sociedad local. Para ello hay que vertebrar una sociedad que se ilusione con proyectos de futuro y crear una nueva cultura del desarrollo en función de las necesidades y características desde las diversas realidades socioterritoriales.
¿Cómo se hace? En primer lugar la población tiene que saber las potencialidades de su territorio, para ello tiene que conocer sus características, sus hechos singulares y darles el valor que realmente tienen. Cuando en uno de nuestros múltiples mercados alguien vende sus productos artesanos, (agroalimentarios o de cualquier otro tipo), además del bien que transmite en su venta está entregando un producto con un valor añadido y que no es otro que el resultado de una elaboración heredada a través de los siglos y que llega a nuestros días fruto de esa cultura tradicional.
Cuando certificamos nuestros productos con las denominaciones de origen D.O.P., estamos protegiendo no sólo una calidad, también estamos revalorizando un método (en muchos casos tradicional) de producción arraigado en nuestro territorio y que dignifica tanto a las zonas como a los productores.
Empleo la palabra territorio deliberadamente como algo que tiene vital importancia. El sentimiento territorial es una pieza clave para el resurgir de las comunidades, es el marco geográfico donde se desarrolla la cultura de las sociedades. La especifidad del paisaje asturiano hace que los factores medioambientales sean otro componente fundamental de nuestro territorio y por tanto de nuestra cultura. Por tanto éste paisaje es también nuestro patrimonio, forma parte de esa herencia que refleja la acción del hombre a lo largo de los años. La población tiene que asumir la gestión coherente del espacio que ocupa. Eso también es cultura. La cultura, en cualquiera de las formas que adopte es un eficaz vector de desarrollo, al contribuir a valorizar el potencial colectivo y favorecer la identidad de los pueblos.
Llegados a este punto me surge una pregunta: Si vivimos en un territorio con un conjunto patrimonial tan extenso, ¿porqué existe la percepción, (objetiva creo yo), de que no se valora lo suficiente este aspecto de nuestra sociedad? La respuesta desde mi punto de vista es por que se identificó el bien cultural sólo como ese elemento excepcional, antiguo de carácter generalmente monumental, producto de los gustos y usos de determinadas élites sociales, dejando a un lado las manifestaciones más populares e integradoras como son las construcciones tradicionales, las fiestas, los ritos artesanías, etc. Por otro lado los bienes culturales clásicos fueron protegidos por su monumentalidad pero no fue potenciado su valor inmaterial, el porqué de su construcción, cómo interrelacionaba con su entorno, en qué afectó al desarrollo o miseria de la zona, etc. Recientemente me desplacé al concejo de Nava a fotografiar dos torres medievales de los siglos XIV-XV y me llevé una gran sorpresa, la Torre de Tresali había sido derribada en 1980 por las voladuras de una reforma de la red ferroviaria y la Torre de Cabornia había sido modificada como depósito de agua aprovechando su altura (nuevos usos para viejos recursos). Contemplándola me imaginaba lo que pensaría un ciudadano de un país que sí valora y protege su patrimonio. Quizás si las gentes de Nava hubieran sido instruidas en su infancia escolar o por sus autoridades culturales de lo que significaron esos torrexones dentro de la historia de su comunidad, la sensibilidad hacia esos bienes culturales hubiera sido distinta.
Esta fue la realidad, a veces cotidiana, de nuestra política cultural. Cierto abandono, ignorancia y en algunos casos desprecio por nuestras manifestaciones culturales. Ahora en Asturias se están produciendo algunos hechos que atisban algún cambio, Entre el poder político existen nombres que resuenan en la cultura patrimonial de este territorio. Llingua y patrimonio son vocablos que no parecen ser ajenos a su política cultural, veremos lo que nos depara el destino. Por otro lado nos encontramos eso que llamamos «crisis» que parece que condiciona toda actuación. El secreto creo que puede estar en aunar prudentemente imaginación y sentido común, pero eso ya se verá... Hasta que lleguen esos resultados seguiremos disfrutando de lo que podamos, (patrimonialmente hablando) y comentando por estas redes, aunque sea en soledad.

